viernes 25 de septiembre de 2009
- Es fabuloso pensar que todo, absolutamente todo, puede acabar en el instante preciso en el que tu roído zapato roza el segundo escalón.
- ¿Cómo un lóstrego?
- Casi...
sábado 5 de septiembre de 2009
sábado 29 de agosto de 2009
Desequilibrada
Es
algo así como
sentir 17 "s" en el ombligo
con la cabeza
fría y mojada
de ti
...
(Pero ¡cuidado!
Porque algún día seré tan,
tan pequeña
que volveré para colarme
en tu locura.)
algo así como
sentir 17 "s" en el ombligo
con la cabeza
fría y mojada
de ti
...
(Pero ¡cuidado!
Porque algún día seré tan,
tan pequeña
que volveré para colarme
en tu locura.)
domingo 26 de julio de 2009
miércoles 13 de mayo de 2009
Una muerte caprichosa
Fue fácil. Demasiado, incluso. Ella ponía cara de dolor pero poco más. No gritaba. No lloraba. No intentó defenderse siquiera. Eso enfurecía a J. «Es una simple zorra que ensucia nuestras calles». Todo empezó con esa frase que J. escupió cuando la vimos pasar cerca del cajero en el que estábamos sacando dinero para ir a comprar la cena al bar de siempre. Nuestro bar. «Camaradas. Apuesto lo que queráis a que esa puta va a tirarse con toda su chatarra aquí», dijo antes de golpear la puerta y mirarla con odio. La mujer ni se inmutó. Tampoco T. y yo contestamos. J. solía rallarnos cada vez que se le cruzaban los cables. Pero, como mucho, tardaba diez minutos. Luego pasábamos a otro asunto. Sin embargo, esta vez no resultó ser así. Durante la hora y media que pasamos zampándonos las pizzas y los perritos calientes en el parque de siempre, nuestro parque, J. no paró de lanzar insultos cara aquella mujer que, a paso lento, había tenido la mala suerte de cruzarse en nuestro camino. Cuando me di cuenta estaba allí, dándole patadas. Yo no soy violento. En mi casa nunca nadie pegó a nadie. Ni siquiera se me permite levantar la voz a mi hermana pequeña. Pero desde que en las primeras salidas de limpieza J. me empezó a decir que yo era igual que todos esos maricones por no ser capaz de zurrar a la gente, por no querer ayudar al mundo ―nuestro mundo― me asusté. No quería ser un marica… Así que levanté mi bota y la dejé caer sobre su cabeza. Una vez, cinco veces, diez veces… Fue entonces cuando perdí la cuenta. T. hizo lo mismo, pero por causas distintas: se estaba imaginando que aquella indigente era su chica. La misma que no había querido ir a follar con él esa noche. La que hace topless en la playa. La que le avisó varias veces ¡y atreviéndose a levantarle la voz! que ella no era propiedad de nadie. «Esa lo que es, es una grandísima zorra», le tiene dicho y repetido hasta la saciedad J. «Eres un calzonazos T., un puto calzonazos. Sus tetas son tuyas. Su culo es tuyo. ¿Cómo permites que cincuenta tíos se pajeen imaginándose entre sus nalgas?». Por eso T. le prendió fuego en el pelo. Por eso accedió a acercar el mechero a la gasolina que J. había derramado encima de la mujer. Pero ella seguía sin gritar. Tampoco lloraba. Y eso irritaba todavía más a J. Quería que su nueva víctima se intentara levantar, que al menos alzara el puño a modo de defensa. Entonces él aprovecharía para agarrarle el brazo y rompérselo, como ya le había visto hacer en innumerables ocasiones. Sin embargo, ahí estaba. Ella. Tumbada en el suelo, simplemente con cara de dolor. Un dolor que le llegó a desfigurar el rostro cuando se dio cuenta de que su ropa andrajosa estaba ardiendo. De que toda ella lo hacía. Entonces fue cuando me fijé en sus ojos. Unos ojos negros y brillantes que parecían quererme decir muchas cosas. Esta mañana, en el juicio, he descubierto una. Por el momento prefiero no hablar sobre ello. He de reflexionar. Sólo quiero que sepan que yo no quería hacerlo. No de ese modo.
domingo 26 de abril de 2009
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